Entrevista a Vinicio Rodríguez

 

Hace unas semanas recibimos la repentina visita de Vinicio Rodríguez, directivo de un colegio hermano, el San Gabriel de Quito. El motivo que lo llevó al CI no fue más que parte de una aventura comparable solo con las increíbles travesías de los libros de Julio Verne. Vinicio, en ese entonces, estaba en medio de un viaje por todo Sudamérica el cual realizó, en su totalidad, en moto. Conversamos con él y mientras iba saboreando cada mordisco de la empanada del comedor, pudimos escuchar sobre el rol que cumple en el colegio jesuita en donde trabaja, su identificación con la espiritualidad ignaciana y por supuesto, acerca de su valiente travesía sobre dos ruedas.

V: Vinicio Rodriguez

P: Paulo Lacherre, alumno de quinto de secundaria.

S: Sergio Andrade, alumno de quinto de secundaria.

P: Buenas días ante todo, Vinicio. Tenemos entendido que trabaja en un colegio jesuita de Quito.

V: De Quito, sí. Yo bueno, soy ecuatoriano, soy de Riobamba realmente, una ciudad cerca de los volcanes en el Ecuador. Ahí estudié con los jesuitas en el colegio San Felipe Neri y luego, por cosas de la vida, estoy  viviendo en Quito durante muchísimos años y trabajo en el colegio San Gabriel, que también es de los jesuitas hace veinte años. Ahí he sido profesor de física, matemática y bueno, ahora hay una dirección que se llama desarrollo institucional  y calidad de procesos, entonces estamos dedicados a ese tema.

P: Y, básicamente, ¿cuál es su responsabilidad en dicho trabajo?

V: Esa dirección está enfocada en brindar todos los lineamientos estratégicos para el resto de direcciones del colegio, o sea, ayudarles a hacer el plan estratégico institucional, apoyarles con todo lo que son los procesos del sistema de calidad, darle los lineamientos para que todo lo que tenga que ver con la mejora continua, vaya dándose día a día.

P: Nos mencionó que viene trabajando veinte años con los jesuitas. Entonces, quisiéramos saber si es que se identifica con la espiritualidad ignaciana.

V: Claro, pero por supuesto. Por mi forma de ser y todo yo mismo, me he ido preguntando porque duro tanto tiempo en un solo lugar, cuando soy una persona que le gusta estar moviéndose. Pero justamente, es por eso porque a las finales el formar y acompañar a los muchachos con el Magis que es, al final el fondo de todo esto, el ser más para servir mejor, es algo que te va llenando, todos los días te va llenando, cada día tienes que hacer nuevas cosas, de hecho, por ejemplo, este rato en temas pedagógicos estamos en un cambio muy fuerte, estamos entrando en una metodología por proyectos. Estamos rompiendo paradigmas, lo cual es durísimo; los profesores, los docentes, los padres de familia son muy muy duros para cambiar, más bien los muchachos, eso sí hay que reconocer, son súper abiertos para el cambio. Ellos están felices con el hecho de la nueva metodología; ya no son las clases magistrales, sino mas bien es un sentido de aprender trabajando en grupos colaborativos y ahí con lo que iba en el punto fundamental de esto es que el hecho de acompañar se ha hecho más fuerte, más importante en cada muchacho. Como digo, la lógica ignaciana está en mí.

S: Sobre este viaje que está realizando usted, ¿dónde nace esta  iniciativa personal de viajar por todo Sudamérica en motocicleta?

V: Hay varias circunstancias que están conjugadas. La primera, desde los siete años justo estaba recordando, pequeñito y todo, veía a mis papas y unos amigos, familiares se habían comprado una Blazer y se dieron la vuelta a todo Sudamérica. Entonces yo decía, ¿Yo porque no puedo hacer lo mismo? Pero claro, a los diez como que me empezó a gustar las motos y dije yo lo voy a hacer pero en moto. Por otro lado, ¿Porque en este momento? En este momento me siento bien, ya tengo un hijo profesional, mi esposa está terminando una maestría en Buenos Aires, entonces dije es un momento para darme a mí, porque a la final el slogan del viaje es: un viaje en moto al interior de Sudamérica. Entonces si tiene un doble sentido en cuestión positiva en interior: porque es interior a Sudamérica y a las finales al interior de uno mismo. Porque al final uno va viajando consigo mismo, buscar nuevos caminos, buscar nuevos retos, conocerse sus límites, en estas cosas uno aprende hasta donde uno puede llegar y uno también se da cuenta y se maravilla de las cosas que uno puede hacer, que uno si se imagina en el día a día, que lo puede hacer.

P: Tenemos entendido que su viaje no acaba, que todavía le falta mucho por recorrer. Quisiéramos saber, hasta este punto, ¿qué ha sido lo más reconfortante que ha vivido?

V: Primero, el viaje es quince mil, casi dieciséis mil kilómetros toda la vuelta y este rato en Lima son dos mil, así que pueden imaginarse que vamos en el 12%, pero, ¿ya es no? En todo caso lo más reconfortante es que me siento bien, no estoy cansado estoy, con mucha energía. Uno conoce lugares impresionantes. Una de las cosas más reconfortantes, que son dos realmente: la gente en los pueblos más pequeños se acerca, te pregunta, conversa, se maravilla. Uno puede dejar el casco, los guantes; bajar al baño y no pasa nada. En las ciudades grandes un poco complicado eso. Y la otra ya un poco más mundano, el ser motero es como una hermandad. Uno se cruza con gente, se saluda, es muy interesante. Hay muchísima gente que está haciendo exactamente lo mismo.

P: En lo que va del viaje definitivamente ha aprendido, que nos podría decir sobre las enseñanzas que este viaje le ha permitido conseguir, le ha permitido reflexionar.

V: Bueno, una cuestión fundamental es: paciencia. Como suelo decir, en este tipo de viajes uno esta súper programado; distancias, lugares, donde repostar gasolina, etcétera, etcétera, costos y todo. Pero en este tipo de viaje es un día a la vez, más o menos como en la vida. Uno tiene muy bien programada a futuro tal vez las cosas, pero hay que ir paso a paso. Y algo que un jesuita hace muchos años me enseñó y me dijo: para atrás ni para tomar impulso. Esto es súper clave aquí, tienes que seguir avanzando y siempre con el objetivo de que Dios te acompaña, eso es muy importante, uno va tranquilo, va seguro y de sus limitaciones y uno va aprendiendo a seguir y seguir.

P: Al principio de la entrevista nos comentó un poco sobre que su labor también se basaba en acompañar a los chicos, ¿Cree que estas experiencias que ha estado ganando, le van a servir para esa labor?

V: Por supuesto. uno como va aprendiendo cosas, en el buen sentido madurando pero va aprendiendo cosas nuevas, va viendo el mundo más ampliamente, va conociendo la importancia de lo más sencillo porque realmente cuando uno está en el día, en ciudad grande y todo se concentra demasiado en cosas extremadamente banales, con este tipo de cosas uno va entendiendo que lo más sencillo, una sonrisa, un saludo, un simple hola. Es impresionante la cantidad de gente que a través del Facebook, del Whatsapp, es como que se proyectan conmigo en el viaje, algo que tal vez en el día a día ni te saludan ni conversas, nada. Es impresionante la cantidad de gente como te contacta. Entonces, uno aprende el sentido de la amistad, el sentido de la pertenencia a algo. Si bien es hermoso conocer otros países, pero uno siempre va extrañando lo que tiene y lo va valorando más, eso es importante pero que no lo limita a seguir.

P: Ahora ya a modo de cierre, quisiéramos saber; aparte de terminar esta travesía, ¿Cuáles son sus planes a futuro?

V: Este era un primer reto digamos, así grande. En un par de años, bueno si es que yo puedo, Dios mediante el próximo año haré más o menos lo mismo pero bajando hasta Ushuaia, en cambio recto todo Chile, al fin del mundo. De ahí, queremos con mi esposa, que a ella también le encanta este tema de las motos, queremos recorrer Europa y como son las cosas de la vida yo tengo una hermana que es religiosa, que es misionera pero ella está en el África, en Etiopía, en Gimbi. Yo aspiro algún rato llegar a visitarle, a saludarle; darle un abrazo, un beso, en Gimbi donde está su obra.

P: Bueno, eso es todo Vinicio, muchas gracias por el tiempo.

V: Gracias a ustedes muchachos, metanle “ñeke”, y echen pa´ lante, como dicen.

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